Cuando vivía en Cataluña, el reencuentro con las viejas amistades era un elemento natural e irrenunciable de las vacaciones en Mallorca. A comienzo de los noventa, un acontecimiento se añadió a los rituales del verano mallorquín: la gasullada. Consistía al juntarse amigos y conocidos en unas rocas a ras del mar, poco antes de la puesta de sol, cuando los bañistas ordinarios (nosotros no éramos de ordinarios) ya se habían retirado, para nadar un rato en las aguas tibias de la bahía de Palma y, saliente del mar, aceptar una copa de bruto fresquísimo que alguien te servía para acompañar un par de trozos de ensaimada, probablemente precedidos de una buena rebanada de pan con sobrasada o de queso menorquín. El encuentro seguía hasta la madrugada, entre comidas, conversaciones y cava. Nadie tomaba, mal sacado quizás de algún incauto que bebía el cava como si fuera gaseosa.
La gasullada la bautizó quien cuidaba de la bebida, que solía llevar una caja de cava Sabaté i Gasull. De la caja, no quedaba nada al final de la fiesta, como actualmente parece que no queda rastro de este cava a la web. Cerca de dos mil metros de altura y a cuatrocientos o quinientos kilómetros del mar, un rato en buena compañía cerca de una alberca de agua dulce me ha evocado la gasullada de ayer.
La gasullada la bautizó quien cuidaba de la bebida, que solía llevar una caja de cava Sabaté i Gasull. De la caja, no quedaba nada al final de la fiesta, como actualmente parece que no queda rastro de este cava a la web. Cerca de dos mil metros de altura y a cuatrocientos o quinientos kilómetros del mar, un rato en buena compañía cerca de una alberca de agua dulce me ha evocado la gasullada de ayer.
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